POR SI A ALGUIEN LE ENTRA LA CURIOSIDAD, PODEIS LEER ESTE LIBRO A TRAVÉS DE LA BIBLIOTECA DE GOOGLE:
domingo, 13 de noviembre de 2011
miércoles, 9 de noviembre de 2011
Comentario crítico de Beatriz
ESTRELLAS
DEL CINE CLÁSICAS Y ACTUALES.
Con respecto a la
industria cinematográfica, las estrellas de la época dorada eran
muy admiradas por los espectadores, ya que estos veían en ellas a
personas sofisticadas y atractivas diferentes a lo común. Sin
embargo, hoy en día, los actores y actrices no poseen el prestigio y
glamour que tenían antiguamente.
Antes, estrellas como
Grace Kelly o Greta Garbo destacaban no solo por su gran trabajo
cinematográfico, sino también por su belleza, que dejaba a todos
atónitos. Tan elegantes como siempre, nunca se les veían en
situaciones embarazosas. No obstante, los actores de la actualidad
están en boca de todos y muchas veces no por su trabajo, sino por
los actos que realizan en su vida personal. Estos son criticados en
revistas del corazón, como Cuore, en las que aparecen imagénes
suyas en las peores condiciones y en las que se reflejan todos sus
defectos e imperfecciones. Bien es cierto, que la sociedad actual es
mucho más critíca en estos aspectos que antes y los medios de
comunicación que dan a conocer estos hechos se han desarrollado
enormemente.
No es fácil destacar en
un mundo como el cine, pero todas las grandes estrellas que lo
consiguieron en épocas pasadas siempre serán recordadas por la
sociedad. Un claro ejemplo es Marilyn Monroe, el gran mito erótico
de los años cincuenta y la diva de Hollywood. Ahora bien, pienso que
cada vez menos actores serán rememorados, ya que cada día alguien
diferente es el rey o reina de la pantalla y ya no te acuerdas del
anterior.
No cabe duda de que las
estrellas clásicas ganaban dinero, sobre todo para las épocas en
las que se encontraban, pero hoy en día son ingentes las cantidades
de dinero que ganan algunos actores. No solo por las películas en
las que participan, sino también en gran medida por la publicidad
que realizan. Además de publicitar productos de diversas marcas,
crean también los suyos propios, como colonias, líneas de ropa o
complementos, etc. Por ejemplo, el actor español Antonio Banderas
comercializa sus propias fragancias.
Siempre habrá magníficas
estrellas de cine que actúen como nadie ante una cámara, pero no
podrán sustituir a los grandes de las épocas pasadas.
Beatriz López Couto.
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Comentario crítico
martes, 1 de noviembre de 2011
MÁS SOBRE LVATD, DE PEDRO SALINAS
Si en la entrada anterior a esta se vinculan los ámbitos de la LITERATURA y las MATEMÁTICAS a través de un texto narrativo, he aquí y ahora un poema de Salinas que también los enlaza:
La voz a ti debida (vv. 702-739),
de Pedro Salinas
Sí, ¡todo con exceso!
¡La luz, la vida, el mar!
Plural, todo plural,
luces, vidas y mares.
A subir, a ascender
de docenas a cientos,
de cientos a millar,
en una jubilosa
repetición sin fin,
de tu amor, unidad.
Tablas, plumas y máquinas
todo a multiplicar,
caricia por caricia
abrazo por volcán.
Hay que cansar los números.
Que cuenten sin parar,
que se embriaguen contando,
y que no sepan ya
cuál de ellos ser el último;
¡qué vivir sin final!
Que un gran tropel de ceros
asalte nuestras dichas
esbeltas, al pasar,
y las lleve a su cima.
Que se rompan las cifras,
sin poder calcular
ni el tiempo, ni los besos.
Y al otro lado ya
de cómputos, de signos,
entregarnos a ciegas
¡exceso, qué penúltimo!,
a un gran fondo azaroso
que irresistiblemente está
cantándonos a gritos
fúlgidos de futuro:
"Eso no es nada aún.
Buscaos bien, hay más."
Pero además, en la propia voz del autor podéis escuchar a la vez que leéis otro poema de LVATD: "¡Qué cuerpos leves, sutiles," (vv. 2389 y ss.)
La voz a ti debida (vv. 702-739),
de Pedro Salinas
Sí, ¡todo con exceso!
¡La luz, la vida, el mar!
Plural, todo plural,
luces, vidas y mares.
A subir, a ascender
de docenas a cientos,
de cientos a millar,
en una jubilosa
repetición sin fin,
de tu amor, unidad.
Tablas, plumas y máquinas
todo a multiplicar,
caricia por caricia
abrazo por volcán.
Hay que cansar los números.
Que cuenten sin parar,
que se embriaguen contando,
y que no sepan ya
cuál de ellos ser el último;
¡qué vivir sin final!
Que un gran tropel de ceros
asalte nuestras dichas
esbeltas, al pasar,
y las lleve a su cima.
Que se rompan las cifras,
sin poder calcular
ni el tiempo, ni los besos.
Y al otro lado ya
de cómputos, de signos,
entregarnos a ciegas
¡exceso, qué penúltimo!,
a un gran fondo azaroso
que irresistiblemente está
cantándonos a gritos
fúlgidos de futuro:
"Eso no es nada aún.
Buscaos bien, hay más."
Pero además, en la propia voz del autor podéis escuchar a la vez que leéis otro poema de LVATD: "¡Qué cuerpos leves, sutiles," (vv. 2389 y ss.)
Y en YOU TUBE ¡cómo no! podréis acceder a más textos de Salinas...
No quiero que te vayas, (vv. 2191-2219)
En el siguiente documento aparecen los poemas que tendréis que preparar para el examen:
Y en este otro documento disponéis de los poemas que tenéis que preparar para comentarlos en clase:
En el siguiente documento aparecen los poemas que tendréis que preparar para el examen:
Y en este otro documento disponéis de los poemas que tenéis que preparar para comentarlos en clase:
Poemas para comentar en
clase
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miércoles, 26 de octubre de 2011
¡QUÉ FUSIÓN DE REGISTROS!
INVÍTATE A LEER ESTE CURIOSO TEXTO.
Después, si te parece, párate a realizar estos ejercicios:
(http://ciencianet.com/romance.html Texto extraído de algún número de la revista de la ETS de Ingenieros Industriales de Madrid, allá por el año 1990. Firmado: "La jaca jacobiana")
Nicolás y Matías, los autores de este vídeo, explican cómo surgió esta fantástica idea de mezclar una canción (obra Teorema de Thales) del antológico grupo argentino Les Luthiers e imágenes varias, para explicar a través de un vídeo-montaje ese teorema matemático: Quisimos explicar el teorema con imágenes de la vida cotidiana y realizar algo distinto y divertido. El video muestra imágenes de muchas partes de Buenos Aires y su relación con el teorema.
Después, si te parece, párate a realizar estos ejercicios:
- Resume el texto brevemente.
- Justifica su tipología textual.
- Redacta un comentario a propósito de su adecuación y de su coherencia.
- Analiza los principales mecanismos de cohesión.
ROMANCE DE LA DERIVADA Y EL ARCOTANGENTE
Veraneaba una derivada enésima en un pequeño chalé situado en la recta del infinito del plano de Gauss, cuando conoció a un arcotangente simpatiquísimo y de espléndida representación gráfica, que además pertenecía a una de las mejores familias trigonométricas.
En seguida notaron que tenían propiedades comunes.
Un día, en casa de una parábola que había ido a pasar allí una temporada con sus ramas alejadas, se encontraron en un punto aislado de ambiente muy íntimo. Se dieron cuenta de que convergían hacia límites cuya diferencia era tan pequeña como se quisiera. Había nacido un romance. Acaramelados en un entorno de radio épsilon, se dijeron mil teoremas de amor.
Cuando el verano pasó, y las parábolas habían vuelto al origen, la derivada y el arcotangente eran novios. Entonces empezaron los largos paseos por las asíntotas siempre unidos por un punto común, los interminables desarrollos en serie bajo los conoides llorones del lago, las innumerables sesiones de proyección ortogonal.
Hasta fueron al circo, donde vieron a una troupe de funciones logarítmicas dar saltos infinitos en sus discontinuidades. En fin, lo que eternamente hacían los novios.
Durante un baile organizado por unas cartesianas, primas del arcotangente, la pareja pudo tener el mismo radio de curvatura en varios puntos. Las series melódicas eran de ritmos uniformemente crecientes y la pareja giraba entrelazada alrededor de un mismo punto doble. Del amor había nacido la pasión. Enamorados locamente, sus gráficas coincidían en más y más puntos.
Con el beneficio de las ventas de unas fincas que tenía en el campo complejo, el arcotangente compró un recinto cerrado en el plano de Riemann. En la decoración se gastó hasta el último infinitésimo. Adornó las paredes con unas tablas de potencias de "e" preciosas, puso varios cuartos de divisiones del término independiente que costaron una burrada.
Empapeló las habitaciones con las gráficas de las funciones más conocidas, y puso varios paraboloides de revolución chinos de los que surgían desarrollos tangenciales en flor. Y Bernouilli le prestó su lemniscata para adornar su salón durante los primeros días. Cuando todo estuvo preparado, el arcotangente se trasladó al punto impropio y contempló satisfecho su dominio de existencia.
Varios días después fue en busca de la derivada de orden y cuando llevaban un rato charlando de variables arbitrarias, le espetó, sin más:
- ¿Por qué no vamos a tomar unos neperianos a mi apartamento? De paso lo conocerás, ha quedado monísimo.
Ella, que le quedaba muy poco para anularse, tras una breve discusión del resultado, aceptó.
El novio le enseñó su dominio y quedó integrada. Los neperianos y una música armónica simple, hicieron que entre sus puntos existiera una correspondencia unívoca. Unidos así, miraron al espacio euclídeo. Los astroides rutilaban en la bóveda de Viviany... Eran felices!
El novio le enseñó su dominio y quedó integrada. Los neperianos y una música armónica simple, hicieron que entre sus puntos existiera una correspondencia unívoca. Unidos así, miraron al espacio euclídeo. Los astroides rutilaban en la bóveda de Viviany... Eran felices!
- ¿No sientes calor? - dijo ella
- Yo sí. ¿Y tú?
- Yo también.
- Ponte en forma canónica, estarás mas cómoda.
Entonces él le fue quitando constantes. Después de artificiosas operaciones la puso en paramétricas racionales...
- ¿Qué haces? Me da vergüenza... - dijo ella
- ¡Te amo, yo estoy inverso por ti...! ¡Déjame besarte la ordenada en el origen...! ¡No seas cruel...! ¡ven...! Dividamos por un momento la nomenclatura ordinaria y tendamos juntos hacia el infinito...
El la acarició sus máximos y sus mínimos y ella se sintió descomponer en fracciones simples.
(Las siguientes operaciones quedan a la penetración del lector)
(Las siguientes operaciones quedan a la penetración del lector)
Al cabo de algún tiempo la derivada enésima perdió su periodicidad. Posteriores análisis algebraicos demostraron que su variable había quedado incrementada y su matriz era distinta de cero.
Ella le confesó a él, saliéndole los colores:
- Voy a ser primitiva de otra función.
Él respondió:
- Podríamos eliminar el parámetro elevando al cuadrado y restando.
- ¡Eso es que ya no me quieres!
- No seas irracional, claro que te quiero. Nuestras ecuaciones formarán una superficie cerrada, confía en mí.
La boda se preparó en un tiempo diferencial de t, para no dar qué hablar en el círculo de los 9 puntos.
Los padrinos fueron el padre de la novia, un polinomio lineal de exponente entero, y la madre del novio, una asiroide de noble asíntota.
La novia lucía coordenadas cilíndricas de Satung y velo de puntos imaginarios.
Ofició la ceremonia Cayley, auxiliado por Pascal y el nuncio S.S. monseñor Ricatti.
Hoy día el arcotangente tiene un buen puesto en una fabrica de series de Fourier, y ella cuida en casa de 5 lindos términos de menor grado, producto cartesiano de su amor.
(http://ciencianet.com/romance.html Texto extraído de algún número de la revista de la ETS de Ingenieros Industriales de Madrid, allá por el año 1990. Firmado: "La jaca jacobiana")
MATEMÁTICAS VERSIFICADAS, BUENA OPCIÓN... TAMBIÉN PARA MEMORIZAR:
Por cierto, no se han olvidado tildar la palabra "video", es que en el español de Argentina esta palabra es grave (como en el étimo griego).
martes, 18 de octubre de 2011
REALISMO Y NATURALISMO. EMILIA PARDO BAZÁN
Si
lees este fragmento entresacado de las primeras páginas de Los
pazos de Ulloa, de Emilia Pardo Bazán, podrás advertir rasgos
característicos del naturalismo.
En
el esconce de la cocina, una mesa de roble denegrida por el uso
mostraba extendido un mantel grosero, manchado de vino y grasa.
Primitivo, después de soltar en un rincón la escopeta, vaciaba su
morral, del cual salieron dos perdigones y una liebre muerta, con los
ojos empañados y el pelaje maculado de sangraza. Apartó la muchacha
el botín a un lado, y fue colocando platos de peltre, cubiertos de
antigua y maciza plata, un mollete enorme en el centro de la mesa y
un jarro de vino proporcionado al pan; luego se dio prisa a revolver
y destapar tarteras, y tomó del vasar una sopera magna. De nuevo la
increpó airadamente el marqués.
–¿Y
los perros, vamos a ver? ¿Y los perros?
Como
si también los perros comprendiesen su derecho a ser atendidos antes
que nadie, acudieron desde el rincón más oscuro, y olvidando el
cansancio, exhalaban famélicos bostezos, meneando la cola y
levantando el partido hocico. Julián creyó al pronto que se había
aumentado el número de canes, tres antes y cuatro ahora; pero al
entrar el grupo canino en el círculo de viva luz que proyectaba el
fuego, advirtió que lo que tomaba por otro perro no era sino un
rapazuelo de tres a cuatro años, cuyo vestido, compuesto de
chaquetón acastañado y calzones de blanca estopa, podía desde
lejos equivocarse con la piel bicolor de los perdigueros, en quienes
parecía vivir el chiquillo en la mejor inteligencia y más estrecha
fraternidad. Primitivo y la moza disponían en cubetas de palo el
festín de los animales, entresacado de lo mejor y más grueso del
pote; y el marqués –que vigilaba la operación–, no dándose por
satisfecho, escudriñó con una cuchara de hierro las profundidades
del caldo, hasta sacar a luz tres gruesas tajadas de cerdo, que fue
distribuyendo en las cubetas.
Lanzaban
los perros alaridos entrecortados, de interrogación y deseo, sin
atreverse aún a tomar posesión de la pitanza; a una voz de
Primitivo, sumieron de golpe el hocico en ella, oyéndose el batir de
sus apresuradas mandíbulas y el chasqueo de su lengua glotona. El
chiquillo gateaba por entre las patas de los perdigueros, que,
convertidos en fieras por el primer impulso del hambre no saciada
todavía, le miraban de reojo, regañando los dientes y exhalando
ronquidos amenazadores: de pronto la criatura, incitada por el tasajo
que sobrenadaba en la cubeta de la perra Chula, tendió la mano para
cogerlo, y la perra, torciendo la cabeza, lanzó una feroz
dentellada, que por fortuna sólo alcanzó la manga del chico,
obligándole a refugiarse más que de prisa, asustado y lloriqueando,
entre las sayas de la moza, ya ocupada en servir caldo a los
racionales. Julián, que empezaba a descalzarse los guantes, se
compadeció del chiquillo, y, bajándose, le tomó en brazos,
pudiendo ver que a pesar del mugre, la roña, el miedo y el llanto,
era el más hermoso angelote del mundo.
Es esta una secuencia descriptiva del sórdido, embrutecido y crudo ambiente un
tanto "bestializado" con el que se encuentra el personaje referido en
las últimas líneas, Julián, el joven cura recién llegado desde la
capital al pazo para ejercer como capellán. A través de una
animalización se da entrada en la escena a Perucho, hijo natural (de soltera) de
la moza, Sabel, y nieto del capataz, Primitivo; el crío a sus tres o cuatro años
reproduce comportamientos más "caninos" que humanos. Pero
por su parte, también el Marqués, padre biológico o natural del chiquillo,
muestra comportamientos animales similares al revolver en la comida
de los perros de caza con verdadero y propio interés. Y puesto que el
naturalismo defendía la influencia determinante en las personas
tanto de la genética como del medio en el que se criaban y
desarrollaban, en este pasaje se observa precisamente cómo Perucho
no podía haber sido menos bestia, bruto y salvaje siendo hijo de
quien era y habiéndose criado donde se crió.
LETRA A LETRA, DOCUMENTO SOBRE LA AUTORA
A continuación, se incluye el prólogo metaliterario que la propia autora preparó para su obra La Tribuna :
A continuación, se incluye el prólogo metaliterario que la propia autora preparó para su obra La Tribuna :
Prólogo
Lector indulgente:
No quiero perder la buena costumbre de empezar mis novelas hablando
contigo breves palabras. Más que nunca debo mantenerla hoy, porque
acerca de La Tribuna tengo varias advertencias que hacerte, y
así caminarán juntos en este prólogo el gusto y la necesidad.
Si bien La
Tribuna es en el fondo un estudio de costumbres locales, el andar
injeridos en su trama sucesos políticos tan recientes como la
Revolución de Setiembre de 1868, me impulsó a situarla en lugares
que pertenecen a aquella geografía moral de que habla el autor de
las Escenas montañesas, y que todo novelista, chico o grande,
tiene el indiscutible derecho de forjarse para su uso particular.
Quien desee conocer el plano de Marineda, búsquelo en el
atlas de mapas y planos privados, donde se colecciona, no sólo el de
Orbajosa, Villabermeja y Coteruco, sino el de las ciudades de R***,
de L*** y de X***, que abundan en las novelas románticas. Este
privilegio concedido al novelista de crearse un mundo suyo propio,
permite más libre inventiva y no se opone a que los elementos todos
del microcosmos estén tomados, como es debido, de la
realidad. Tal fue el procedimiento que empleé en La Tribuna,
y lo considero suficiente—si el ingenio me ayudase—para alcanzar
la verosimilitud artística, el vigor analítico que infunde vida a
una obra.
Al escribir La
Tribuna no quise hacer sátira política; la sátira es género
que admito sin poderlo cultivar; sirvo poco o nada para el caso. Pero
así como niego la intención satírica, no sé encubrir que en este
libro, casi a pesar mío, entra un propósito que puede llamarse
docente. Baste a disculparlo el declarar que nació del
espectáculo mismo de las cosas, y vino a mí, sin ser llamado, por
su propio impulso. Al artista que sólo aspiraba retratar el aspecto
pintoresco y característico de una capa social, se le
presentó por añadidura la moraleja, y sería tan sistemático
rechazarla como haberla buscado. Porque no necesité agrupar sucesos,
ni violentar sus consecuencias, ni desviarme de la realidad concreta
y positiva, para tropezar con pruebas de que es absurdo el que un
pueblo cifre sus esperanzas de redención y ventura en formas de
gobierno que desconoce, y a las cuales por lo mismo atribuye
prodigiosas virtudes y maravillosos efectos. Como la raza latina
practica mucho este género de culto fetichista e idolátrico, opino
que si escritores de más talento que yo lo combatiesen, prestarían
señalado servicio a la patria.
Y vamos a otra
cosa. Tal vez no falte quien me acuse de haber pintado al pueblo con
crudeza naturalista. Responderé que si nuestro pueblo fuese igual al
que describiesen Goncourt y Zola, yo podría meditar profundamente en
la conveniencia o inconveniencia de retratarlo; pero resuelta a ello,
nunca seguiría la escuela idealista de Trueba y de la insigne
Fernán, que riñe con mis principios artísticos. Lícito es callar,
pero no fingir. Afortunadamente, el pueblo que copiamos los que
vivimos del lado acá del Pirene no se parece todavía, en buen hora
lo digamos, al del lado allá. Sin adolecer de optimista, puedo
afirmar que la parte del pueblo que vi de cerca cuando tracé estos
estudios, me sorprendió gratamente con las cualidades y virtudes
que, a manera de agrestes renuevos de inculta planta, brotaban de él
ante mis ojos. El método de análisis implacable que nos impone el
arte moderno me ayudó a comprobar el calor de corazón, la
generosidad viva, la caridad inagotable y fácil, la religiosidad
sincera, el recto sentir que abunda en nuestro pueblo, mezclado con
mil flaquezas, miserias y preocupaciones que a primera vista lo
oscurecen. Ojalá pudiese yo, sin caer en falso idealismo, patentizar
esta belleza recóndita.
No, los tipos del
pueblo español en general, y de la costa cantábrica en particular,
no son aún—salvas fenomenales excepciones—los que se describen
con terrible verdad en L’Assommoir, Germinie Lacerteux y
otras obras, donde parece que el novelista nos descubre las
abominaciones monstruosas de la Roma pagana, que unidas a la barbarie
más grosera, retoñan en el corazón de la Europa cristiana y
civilizada. Y ya que por dicha nuestra las faltas del pueblo que
conocemos no rebasan de aquel límite a que raras veces deja de
llegar la flaca decaída condición del hombre, pintémosle, si
podemos, tal cual es, huyendo del patriarcalismo de Trueba
como del socialismo humanitario de Sue, y del método de cuantos,
trocando los frenos, atribuyen a Calibán las seductoras gracias de
Ariel.
En abono de La
Tribuna quiero añadir que los maestros Galdós y Pereda abrieron
camino a la licencia que me tomo de hacer hablar a mis personajes
como realmente se habla en la región de donde los saqué. Pérez
Galdós, admitiendo en suDesheredada el lenguaje de los
barrios bajos; Pereda, sentenciando a muerte a las zagalejas de
porcelana y a los pastorcillos de égloga, señalaron rumbos de los
cuales no es permitido apartarse ya. Y si yo debiese a Dios las
facultades de alguno de los ilustres narradores cuyo ejemplo invoco,
¡cuánto gozarías, oh lector discreto, al dejar los trillados
caminos de la retórica novelesca diaria para beber en el vivo
manantial de las expresiones populares, incorrectas y desaliñadas,
pero frescas, enérgicas y donosas!
Queda adiós,
lector, y ojalá te merezca este libro la misma acogida que Un
viaje de novios. Tu aplauso me sostendrá en la difícil vía de
la observación, donde no todo son flores para un alma compasiva.
EMILIA
PARDO BAZÁN
Granja de Meirás,
octubre de 1882.
-I-
Barquillos
Comenzaba a
amanecer, pero las primeras y vagas luces del alba a duras penas
lograban colarse por las tortuosas curvas de la calle de los Gastros,
cuando el señor Rosendo, el barquillero que disfrutaba de más
parroquia y popularidad en Marineda, se asomó, abriendo a bostezos,
a la puerta de su mezquino cuarto bajo. Vestía el madrugador un
desteñido pantalón grancé, reliquia bélica, y estaba en mangas de
camisa. Miró al poco cielo que blanqueaba por entre los tejados, y
se volvió a su cocinilla, encendiendo un candil y colgándolo del
estribadero de la chimenea. Trajo del portal un brazado de astillas
de pino, y sobre la piedra del fogón las dispuso artísticamente en
pirámide, cebada por su base con virutas, a fin de conseguir una
hoguera intensa y flameante. Tomó del vasar un tarterón, en el cual
vació cucuruchos de harina y azúcar, derramó agua, cascó huevos y
espolvoreó canela. Terminadas estas operaciones preliminares,
estremeciose de frío—porque la puerta había quedado de par en
par, sin que en cerrarla pensase y descargó en el tabique dos
formidables puñadas.
Al punto salió
rápidamente del dormitorio o cuchitril contiguo una mozuela de hasta
trece años, desgreñada, con el cierto andar de quien acaba de
despertarse bruscamente, sin más atavíos que una enagua de lienzo y
un justillo de dril, que adhería a su busto, anguloso aún, la
camisa de estopa. Ni miró la muchacha al señor Rosendo, ni le dio
los buenos días; atontada con el sueño y herida por el fresco
matinal que le mordía la epidermis, fue a dejarse caer en una
silleta, y mientras el barquillero encendía estrepitosamente
fósforos y los aplicaba a las virutas, la chiquilla se puso a frotar
con una piel de gamuza el enorme cañuto de hojalata donde se
almacenaban los barquillos.
Instalose el señor
Rosendo en su alto trípode de madera ante la llama chisporroteadora
y crepitante ya, y metiendo en el fuego las magnas tenazas, dio
principio a la operación. Tenía a su derecha el barreño del
amohado, en el cual mojaba el cargador, especie de palillo grueso; y
extendiendo una leve capa de líquido sobre la cara interior de los
candentes hierros, apresurábase a envolverla en el molde con su dedo
pulgar, que a fuerza de repetir este acto se había convertido en una
callosidad tostada, sin uña, sin yema y sin forma casi. Los
barquillos, dorados y tibios, caían en el regazo de la muchacha, que
los iba introduciendo unos en otros a guisa de tubos de catalejo, y
colocándolos simétricamente en el fondo del cañuto; labor que se
ejecutaba en silencio, sin que se oyese más rumor que el crujir de
la leña, el rítmico chirrido de las tenazas al abrir y cerrar sus
fauces de hierro, el seco choque de los crocantes barquillos al
tropezarse, y el silbo del amohado al evaporar su humedad sobre la
ardiente placa. La luz del candil y los reflejos de la lumbre
arrancaban destellos a la hojalata limpia, al barro vidriado de las
cazuelas del vasar, y la temperatura se suavizaba, se elevaba, hasta
el extremo de que el señor Rosendo se quitase la gorra con visera de
hule, descubriendo la calva sudorosa, y la niña echase atrás con el
dorso de la mano sus indómitas guedejas que la sofocaban.
Entre tanto, el
sol, campante ya en los cielos, se empeñaba en cernir alguna
claridad al través de los vidrios verdosos y puercos del ventanillo
que tenía obligación de alumbrar la cocina. Sacudía el sueño la
calle de los Castros, y mujeres en trenza y en cabello, cuando no en
refajo y chancletas, pasaban apresuradas, cuál en busca de agua,
cuál a comprar provisiones a los vecinos mercados; oíanse llantos
de chiquillos, ladridos de perros; una gallina cloqueó; el canario
de la barbería de enfrente redobló trinando como un loco. De tiempo
en tiempo la niña del barquillero lanzaba codiciosas ojeadas a la
calle. ¡Cuándo sería Dios servido de disponer que ella abandonase
la dura silla, y pudiese asomarse a la puerta, que no es mucho pedir!
Pronto darían las nueve, y de los seis mil barquillos que admitía
la caja sólo estaban hechos cuatro mil y pico. Y la muchacha se
desperezó maquinalmente. Es que desde algunos meses acá bien poco
le lucía el trabajo a su padre. Antes despachaba más.
El que viese
aquellos cañutos dorados, ligeros y deleznables como las ilusiones
de la niñez, no podía figurarse el trabajo ímprobo que
representaba su elaboración. Mejor fuera manejar la azada o el pico
que abrir y cerrar sin tregua las tenazas abrasadoras, que además de
quemar los dedos, la mano y el brazo, cansaban dolorosamente los
músculos del hombro y del cuello. La mirada, siempre fija en la
llama, se fatigaba; la vista disminuía; el espinazo, encorvado de
continuo, llevaba, a puros esguinces, la cuenta de los barquillos que
salían del molde. ¡Y ningún día de descanso! No pueden los
barquillos hacerse de víspera; si han de gustar a la gente menuda y
golosa, conviene que sean fresquitos. Un nada de humedad los
reblandece. Es preciso pasarse la mañana, y a veces la noche, en
fabricarlos, la tarde en vocearlos y venderlos. En verano, si la
estación es buena y se despacha mucho y se saca pingüe jornal,
también hay que estarse las horas caniculares, las horas perezosas,
derritiendo el alma sobre aquel fuego, sudando el quilo, preparando
provisión doble de barquillos para la venta pública y para los
cafés. Y no era que el señor Rosendo estuviese mal con su oficio;
nada de eso; artistas habría orgullosos de su destreza, pero tanto
como él, ninguno. Por más que los años le iban venciendo, aún se
jactaba de llenar en menos tiempo que nadie el tubo de hojalata. No
ignoraba primor alguno de los concernientes a su profesión;
barquillos anchos y finos como seda para rellenar de huevos hilados,
barquillos recios y estrechos para el agua de limón y el sorbete,
hostias para las confiterías—y no las hacía para las iglesias por
falta de molde que tuviese una cruz—, flores, hojuelas yorejas
de fraile en Carnaval, buñuelos en todo tiempo.... Pero
nunca lo tenía de lucir estas habilidades accesorias, porque los
barquillos de diario eran absorbentes. ¡Bah!, en consiguiendo vivir
y mantener la familia....
A las nueve muy
largas, cuando cerca de cinco mil barquillos reposaban en el tubo,
todavía el padre y la hija no habían cruzado palabra. Montones de
brasa y ceniza rodeaban la hoguera, renovada dos o tres veces. La
niña suspiraba de calor, el viejo sacudía frecuentemente la mano
derecha, medio asada ya. Por fin, la muchacha profirió:
—Tengo
hambre.
Volvió el padre
la cabeza, y con expresivo arqueamiento de cejas indicó un anaquel
del vasar. Encaramose la chiquilla trepando sobre la artesa, y bajó
un mediano trozo de pan de mixtura, en el cual hincó el diente con
buen ánimo. Aún rebuscaba en su falda las migajas sobrantes para
aprovecharlas, cuando se oyeron crujidos de catre, carraspeos, los
ruidos característicos del despertar de una persona, y una voz entre
quejumbrosa y despótica llamó desde la alcoba cercana al portal:
—¡Amparo!
Se levantó la
niña y acudió al llamamiento, resonando de allí a poco rato su
hablar.
—Afiáncese,
señora... así... cárguese más... aguarde que le voy a batir este
jergón... (Y aquí se escuchó una gran sinfonía de hojas de maíz,
un sirrisssch...
prolongado y armonioso.)
La voz mandona
dijo opacamente algo, y la infantil contestó:
—Ya
la voy a poner a la lumbre, ahora mismito.... ¿Tendrá por ahí el
azúcar?
Y respondiendo a
una interpelación altamente ofensiva para su dignidad, gritó la
chiquilla:
—Y
piensa que.... ¡Aunque fuera oro puro! Lo escondería usted
misma.... Ahí está, detrás de la funda... ¿lo ve?
Salió con una
escudilla desportillada en la mano, llena de morena melaza, y
arrimando al fuego un pucherito donde estaba ya la cascarilla, le
añadió en debidas proporciones azúcar y leche, y volviose al
cuarto del portal con una taza humeante y colmada a reverter. En el
fondo del cacharro quedaba como cosa de otra taza. El barquillero se
enderezó llevándose las manos a la región lumbar, y sobriamente,
sin concupiscencia, se desayunó bebiendo las sobras por el puchero
mismo. Enjugó después su frente regada de sudor con la manga de la
camisa, entró a su vez en el cuarto próximo; y al volver a
presentarse, vestido con pantalón y chaqueta de paño pardo, se
terció a las espaldas la caja de hoja de lata y se echó a la calle.
Amparo, cubriendo la brasa con ceniza, juntaba en una cazuela berzas,
patatas, una corteza de tocino, un hueso rancio de cerdo, cumpliendo
el deber de condimentar el caldo del humilde menaje. Así que todo
estuvo arreglado, metiose en el cuchitril, donde consagró a su aliño
personal seis minutos y medio, repartidos como sigue: un minuto para
calzarse los zapatos de becerro, pues todavía estaba descalza; dos
para echarse un refajo de bayeta y un vestido de tartán; un minuto
para pasarse la punta de un paño húmedo por ojos y boca (más allá
no alcanzó el aseo); dos minutos para escardar con un peine
desdentado la revuelta y rizosa crencha, y medio para tocarse al
cuello un pañolito de indiana. Hecho lo cual, se presentó más
oronda que una princesa a la persona encamada a quien había llevado
el desayuno. Era esta una mujer de edad madura, agujereada como una
espumadera por las viruelas, chata de frente, de ojos chicos. Viendo
a la chiquilla vestida se escandalizó: ¿a dónde iría ahora
semejante vagabunda?
—A
misa, señora, que es domingo.... ¿Qué volver con noche ni con
noche? Siempre vine con día, siempre.... ¡Una vez de cada mil!
Queda el caldo preparadito al fuego.... Vaya, abur.
Y se lanzó a la
calle con la impetuosidad y brío de un cohete bien disparado.
-II-
Padre y madre
Tres años antes,
la imposibilitada estaba sana y robusta y ganaba su vida en la
Fábrica de Tabacos. Una noche de invierno fue a jabonar ropa blanca
al lavadero público, sudó, volvió desabrigada y despertó tullida
de las caderas.—Un aire, señor—decía ella al médico.
Quedose reducida
la familia a lo que trabajase el señor Rosendo: el real diario que
del fondo de Hermandad de la Fábrica recibía la
enferma no llegaba a medio diente. Y la chiquilla crecía, y comía
pan y rompía zapatos, y no había quien la sujetase a coser ni a
otro género de tareas. Mientras su padre no se marchaba, el miedo a
un pasagonzalo sacudido con el cargador la tenía quieta ensartando y
colocando barquillos; pero apenas el viejo se terciaba la correa del
tubo, sentía Amparo en las piernas un hormigueo, un bullir de la
sangre, una impaciencia como si le naciesen alas a miles en los
talones. La calle era su paraíso. El gentío la enamoraba, los
codazos y enviones la halagaban cual si fuesen caricias, la música
militar penetraba en todo su ser produciéndole escalofríos de
entusiasmo. Pasábase horas y horas correteando sin objeto al través
de la ciudad, y volvía a casa con los pies descalzos y manchados de
lodo, la saya en jirones, hecha una sopa, mocosa, despeinada,
perdida, y rebosando dicha y salud por los poros de su cuerpo. A
fuerza de filípicas maternales corría una escoba por el piso,
sazonaba el caldo, traía una herrada de agua; en seguida, con
rapidez de ave, se evadía de la jaula y tornaba a su libre vagancia
por calles y callejones.
De tales instintos
erráticos tendría no poca culpa la vida que forzosamente hizo la
chiquilla mientras su madre asistió a la Fábrica. Sola en casa con
su padre, apenas este salía, ella le imitaba por no quedarse metida
entre cuatro paredes: vaya, y que no eran tan alegres para que nadie
se embelesase mirándolas. La cocina, oscura y angosta, parecía una
espelunca, y encima del fogón relucían siniestramente las últimas
brasas de la moribunda hoguera. En el patín, si es verdad que se
veía claro, no consolaba mucho los ojos el aspecto de un montón de
cal y residuos de albañilería, mezclados con cascos de loza,
tarteras rotas, un molinillo inservible, dos o tres guiñapos viejos
y un innoble zapato que se reía a carcajadas. Casi más lastimoso
era el espectáculo de la alcoba matrimonial: la cama en desorden,
porque la salida precipitada a la Fábrica no permitía hacerla; los
cobertores color de hospital, que no bastaba a encubrir una colcha
rabicorta; la vela de sebo, goteando tristemente a lo largo de la
palmatoria de latón veteada de cardenillo; la palangana puesta en
una silla y henchida de agua jabonosa y grasienta; en resumen, la
historia de la pobreza y de la incuria narrada en prosa por una
multitud de objetos feos, y que la chiquilla comprendía
intuitivamente; pues hay quien sin haber nacido entre sedas y
holandas, presume y adivina todas aquellas comodidades y deleites que
jamas gozó. Así es que Amparo huía, huía de sus lares camino de
la Fábrica, llevando a su madre, en una fiambrera, el bazuqueante
caldo; pero, soltando a lo mejor la carga, poníase a jugar al corro,
a San Severín, a la viudita, a cualquier cosa, con las
damiselas de su edad y pelaje.
Cuando la madre se
vio encamada quiso imponer a la hija el trabajo sedentario: era
tarde. La planta rústica no se sujetaba ya al espaller. Amparo había
ido a la escuela en sus primeros años, años de relativa prosperidad
para la familia, sucediéndole lo que a la mayor parte de las niñas
pobres, que al poco tiempo se cansan sus padres de enviarlas y ellas
de asistir, y se quedan sin más habilidad que la lectura, cuando son
listas, y unos rudimentos de escritura. De aguja apenas sabía Amparo
nada. La madre se resignó con la esperanza de colocarla en la
Fábrica. —«Que trabaje—decía—como yo trabajé». Y al
murmurar esta sentencia suspiraba, recordando treinta años de
incesante afán. Ahora su carne y sus molidos huesos se tendían
gustosamente en la cama, donde reposaba tumbada panza arriba ínterin
sudaban otros para mantenerla. ¡Que sudasen! Dominada por el
terrible egoísmo que suele atacar a los viejos cuya mocedad fue
laboriosa, la impedida hizo del potro de dolor quinta de recreo. Lo
que es allí ya podían venir penas; lo que es allí a buen seguro
que la molestase el calor ni el frío. ¿Que era preciso lavar la
ropa? Bueno, ella no tenía que levantarse a jabonarla, le había
costado bien caro una vez. ¿Que estaba sucio el piso? Ya lo
barrerían, y si no, por ella, aunque en todo el año no se
barriese.... ¿De qué le había servido tanto romper el cuerpo
cuando era joven? De verse ahora tullida —«¡Ay, no se sabe lo que
es la salud hasta después de que se pierde!» —exclamaba
sentenciosamente, sobre todo los días en que el dolor artrítico le
atarazaba las junturas. Otras veces, jactanciosa como todo inválido,
decía a su hija:—«Sácateme de delante, que irrita el verte; de
tu edad era yo una loba que daba en un cuarto de hora vuelta a una
casa».
Sólo echaba de
menos la animación de su Fábrica, las compañeras. A bien que las
vecinas de la calle solían acercarse a ofrecerle un rato de palique:
una sobre todo, Pepa la comadrona, por mal nombre señora Porreta.
Era esta mujer colosal, a lo ancho más aún que a lo alto; parecíase
a tosca estatua labrada para ser vista de lejos. Su cara enorme,
circuida por colgante papada, tenía palidez serosa. Calzaba
zapatillas de hombre y usaba una sortija, de tamaño masculino
también, en el dedo meñique. Acercábase a la cama de la impedida,
le sometía las ropas, le abofeteaba la almohada apoyando fuertemente
ambas manos en los muslos, a fin de sostener la mole de su vientre, y
con voz sorda y apagada empezaba a referir chismes del barrio,
escabrosos pormenores de su profesión, o las maravillosas curas que
pueden obtenerse con un cocimiento de ruda, huevo y aceite, con la
hoja de la malva bien machacadita, con romero hervido en vino, con
unturas de enjundia de gallina. Susurraban los maldicientes que entre
parleta y parleta solía la matrona entreabrir el pañuelo que le
cubría los hombros y sacar una botellica que fácilmente se ocultaba
en cualquier rincón de su corpiño gigantesco; y ya corroboraba con
un trago de anís el exhausto gaznate, ya ofrecía la botella a su
interlocutora «para ir pasando las penas de este mundo». A oídos
del señor Rosendo llegó un día esta especie, y se alarmó; porque
mientras estuvo en la Fábrica no bebía nunca su mujer más que agua
pura; pero por mucho que entró impensadamente algunas tardes, no
cogió infragantia las delincuentes. Sólo vio que
estaban muy amigotas y compinches. Para la ex-cigarrera valía un
Perú la comadrona; al menos esa hablaba, porque lo que es su
marido.... Cuando este regresaba de la diaria correría por paseos y
sitios públicos, y bajando el hombro soltaba con estrépito el tubo
en la esquina de la habitación, el diálogo del matrimonio era
siempre el mismo:
—¿Qué
tal?—preguntaba la tullida.
Y el señor
Rosendo pronunciaba una de estas tres frases:
—Menos
mal.—Un regular.—Condenadamente.
Aludía a la
venta, y jamás se dio caso de que agregase género alguno de
amplificación o escolio a sus oraciones clásicas. Poseía el
inquebrantable laconismo popular, que vence al dolor, al hambre, a la
muerte y hasta a la dicha. Soldado reenganchado, uncido en sus
mejores años al férreo yugo de la disciplina militar, se convenció
de la ociosidad de la palabra y necesidad del silencio. Calló
primero por obediencia, luego por fatalismo, después por costumbre.
En silencio elaboraba los barquillos, en silencio los vendía, y casi
puede decirse que los voceaba en silencio, pues nada tenía de
análogo a la afectuosa comunicación que establece el lenguaje entre
seres racionales y humanos, aquel grito gutural en que, tal vez para
ahorrar un fragmento de palabra, el viejo suprimía la última
sílaba, reemplazádola por doliente prolongación de la vocal
penúltima:
—Barquilleeeeé....
Para seguir leyendo...
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jueves, 6 de octubre de 2011
domingo, 2 de octubre de 2011
UN RECURSO PARA TRABAJAR
EN ESTE ENLACE ENCONTRARÉIS INTERESANTES CURIOSIDADES E INFORMACIONES RELACIONADAS CON NUESTRA MATERIA.
NO DEJÉIS DE VISITARLO.
MOLINO DE IDEAS
POR EJEMPLO, SI ENTRAS AQUÍ
GOMINOLAS
EN GOMINO-LABS OS PONDRÉIS A PRUEBA CON LAS TILDES.
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sábado, 1 de octubre de 2011
OPINIÓN ARGUMENTADA: LA PENA DE MUERTE
EL OJO público
¿Por qué hay que acabar con la pena capital?
- Roberto L. Blanco Valdés, LA VOZ DE GALICIA, 25/9/2011
L a ejecución, el pasado miércoles, de Troy Davis en el estado norteamericano de Georgia, ha vuelto a poner, trágicamente, en las portadas de gran parte de los periódicos del mundo la barbarie que supone que, en pleno siglo XXI, la más antigua democracia del planeta siga manteniendo una pena atroz e infame, que resulta un insulto ignominioso a la civilización y una flagrante violación de la dignidad del ser humano.
En las informaciones que se hicieron eco de esa ejecución se destacaba insistentemente la debilidad de las pruebas que existían contra Davis, un hombre de raza negra condenado a muerte por haber asesinado en 1989 a un policía que estaba fuera de servicio. Aunque, como es obvio, no negaré que tal hecho fuera relevante, la interpretación que de él podría derivarse volvería a poner el tema de la pena de muerte en un terreno del que ya debería haber salido: el de que esa pena es injusta, porque, en caso de error judicial, tal error resulta, si la pena ya ha sido ejecutada, irreparable; o el de que, en realidad, los condenados son, como es verdad en la mayoría de los casos, personas marginadas por motivos económicos, sociales o raciales.
Ahí estuvo centrado durante años el debate sobre la pena capital, como los aficionados al cine saben bien, pues la mayoría de las películas americanas -tantas y tan buenas- que han combatido esa barbarie lo han hecho presentándonos a unos acusados, muchas veces pobres y buena gente, sobre cuya culpabilidad existían dudas, o que no eran más que las víctimas indefensas de un sistema (penal, social, etcétera) profundamente injusto: tales eran, al fin y al cabo, las razones por las que se sostenía que no merecían ser castigados a la pena capital
Hasta que en 1995 Tim Robbins se sentó en la silla de director y llamó a esos dos genios de la interpretación que son Sean Penn y Susan Sarandon para filmar el más hermoso y descarnado alegato que se haya hecho jamás contra la pena capital: Pena de muerte. Sin concesiones al buenismo sensiblero, ni a la demagogia social, Robbins, ayudado por unas interpretaciones de Penn y Sarandon sencillamente estremecedoras, cambia por completo de perspectiva, para contarnos una historia basada en hechos reales: la de un asesino, Matthew Poncelet, que se ve asistido en los días previos a su castigo por una monja, Helen Prejean, que acabará sintiendo un inmenso dolor por la muerte de quien va a ser ejecutado, pero también por la familia de sus víctimas.
Y es que el personaje al que Robbins nos presenta no es ni un buen hombre ni un pobre desgraciado, sino un salvaje que ha cometido un espeluznante crimen porque esa fue su soberana voluntad. Ese elemento clave de la historia queda claro desde que comienza la película, de modo que el durísimo alegato que esta supone contra la pena capital solo procede del hecho de que el Estado no tiene derecho a decidir sobre la vida y la muerte de otros seres, aunque esos seres sean, como era Poncelet, abominables.
La pena de muerte debe ser abolida porque es un resto de barbarie en medio de la civilización. Y debe serlo aunque los condenados a ella no merezcan ni nuestra solidaridad por la posible injusticia que ha podido cometerse contra ellos ni nuestra compasión.
Dejo aquí el comentario sobre la película El verdugo, de Luis Berlanga que nos aconsejó ver la profesora.
Un saludo.
Gema Rodríguez Mollinedo.
José Luis, un empleado de una empresa funeraria, conoce a Carmen, la hija de un verdugo de profesión. Tras ser descubiertos en la cama por el padre de ella, este se ve en la obligación de pedirle matrimonio. Su posterior embarazo es el motivo por el cual se casan. Amadeo, el verdugo, decide jubilarse y presiona a su yerno para que este acepte su vacante y así obtener la vivienda que le ofrece el puesto de trabajo. Éste convencido de que no ejercerá la profesión aprueba esta propuesta, pero nada más lejos de la realidad.
La película gira en torno al tema de la pena capital. Más concretamente desde el punto de vista de los ejecutores y su moral. Destaca la forma en la que el verdugo intenta justificar el modo en el que se ejecuta a los condenados argumentando que en comparación con otros países, el método del garrote vil es indoloro, rápido y eficaz. Pero con los años se ha descubierto que rara vez la muerte era tan rápida e indolora como estos defendían, puesto que la agonía se alargaba a causa de la poca eficacia de este sistema de castigo y los condenados acaban falleciendo a causa de la asfixia.
Es denigrante la frialdad con la que el verdugo trata el tema del asesinato sin importarle estar privándole la vida a ser humano. La moral de este criminal es inexistente y defiende su trabajo asegurando ejercer justicia.
Este trabajo era terrible sobre todo en la época en la que se sitúa la acción puesto que se condenaba a muerte incluso por causas políticas. La pena capital es un acto atroz, pero todavía más si se ejecuta a una persona solo por sus ideas políticas contrarias al régimen de ese país, en este caso contrarias al fascismo.
El yerno por el contrario, parece tener una moral más sólida negándose por completo a ejercer su profesión, pero finalmente termina aceptando. El verdugo asegura que la primera vez que tuvo que ejecutar a alguien, al igual que su yerno, también dijo que jamás volvería a hacerlo. Este ejerció la profesión toda su vida, lo que nos lleva a pensar que con los años se convirtió en un ser mas frío y sin sentimientos al igual que le pasaría finalmente al marido de su hija.
En este vídeo me llama la atención la frialdad con la que la familia trata el tema de la pena capital preguntadole la hija al padre por la talla de la camisa de su marido puesto que los años de experiencia utilizando el garrote lo llevan a tener un amplio conocimiento de esto.
Una de las escenas finales es también muy llamativa porque es la hora de ejecutar al condenado y se puede observar en la cara del joven verdugo el pánico que siente y como finalmente se ve presionado a convertirse en un asesino.
LA PENA DE MUERTE
Comentario enviaado por Anxela Vázquez Cabo 2º BACH- C
La pena de muerte es innecesaria
ya que la muerte del criminal no borra el crimen cometido por él, ni
el dolor de las familias. Además no existe ninguna persona que tenga
el derecho a decidir sobre la vida o la muerte de otra.
De las distintas informaciones a
las que tuve acceso pude comprobar que con respecto a la pena capital
la sociedad se divide en dos, los que están a favor de esta medida,
porque se sienten más seguros con la muerte del delincuente; y los
que están en contra, entre los que me incluyo, puesto que una de las
finalidades de la justicia es la reinserción social, pero ¿qué
reinserción hay en una muerte?
Las sentencias judiciales no deben
de ir en contra de los derechos humanos, y uno de los principales es
el de la vida, así como el derecho a no ser sometido a penas
crueles, inhumanas o degradantes.
Aún siendo una aberración el
tener entre las leyes de un país la pena de muerte, todavía hay
países que la utilizan para disuadir a las personas de cometer
crímenes o delitos, como por ejemplo: Estados Unidos, Guatemala y
China.
Como conclusión debo decir que el
progreso moral de una sociedad conlleva que así como se ha acabado
con tradiciones vergonzosas tiempo atrás muy enraizadas, como la
esclavitud, se puede abolir también la pena capital en todo el
mundo.
La
pena capital, ¿una ley mundial?
Juan Carlos Rodríguez Novoa
Durante
los diferentes períodos de la historia mundial no se le ha otorgado
una gran importancia al ser humano. Se ha llegado a matar por temas
que actualmente no tienen tanta consideración, como puede ser la
homosexualidad. No es hasta este siglo, cuando empieza la
preocupación por la vida y los derechos humanos.
La
pena de muerte es un tema que se pone constantemente en las bocas de
los habitantes de países europeos como el nuestro. A veces no se da
crédito a que aún siga vigente una ley tan cruel como el castigo a
morir. En algunos estados de la gran potencia mundial que es Estados
Unidos, sigue en pie la llamada pena capital.
Sin
embargo, no todo el mundo está en contra de la nombrada ley. Otras
tantas personas piensan que hoy en día hay mucha violencia en el
mundo y que miles de cárceles gastan numerosas cantidades de dinero,
el cual podría ser destinado a otros servicios, y no a mantener a
personas que no servirán para mucho en la sociedad.
Hay
que tener en cuenta que aprobar una norma como esta sería dejar en
manos del Gobierno la vida de todos y cada uno de los ciudadanos que
cometan un error. Muchas presidencias ya no saben manejar un país
como para poner en sus manos la vida de un posible inocente.
Estar
a favor de la pena capital sería quererla imponer en cada rincón
del mundo. Si la pregunta es, ¿debería ser esta pena una ley
mundial? Mi respuesta es no. Como tantas cosas injustas en este
planeta, las cárceles deberían seguir gastando esas altas
cantidades de dinero en mantener a esos posibles delincuentes.
martes, 27 de septiembre de 2011
viernes, 23 de septiembre de 2011
LEYENDO LA MÁS INGENIOSA NOVELA DE CERVANTES
SELECCIÓN DE LOS 40 CAPÍTULOS DE EL QUIJOTE
QUE HAN DE LEER LAS CHICAS Y LOS CHICOS DE 1º DE BACHILLERATO
PRIMERA PARTE
- Capítulos 1-9
- Capítulos 21-26
- Cap. 38 (El discurso de las armas y las letras)
- Cap. 52
Total: 20
SEGUNDA PARTE
Capítulos 1-5 (Introducción de la ficción; Sansón Carrasco)
Capítulos 9-10 (Dulcinea)
Cap. 20-21 (Las bodas de Camacho)
Cap. 22-23 (Cueva de Montesinos)
Cap. 29 (La aventura del barco encantado)
Cap. 30 (Encuentro con los duques)
Cap. 41 (Clavileño)
Cap. 42 (Consejos)
Cap. 45 y 53 (El gobierno de la ínsula)
Cap. 65 (La derrota don Quijote)
Cap. 72-74 (Avellaneda, la aldea y ...)
Total: 20
Total capítulos: 40
- 21 (El yelmo de Mambrino)
- 22 (Los galeotes)
- 23 (Sierra Morena)
- 24 (Sierra Morena-Cardenio)
- 25 (Sierra Morena- carta)
- 26 (Sierra Morena / Sancho, el cura, el barbero)
PAU LCL SEPTIEMBRE 2011
EXAMEN DE SEPTIEMBRE DE 2011 DE LENGUA CASTELLANA Y LITERATURA
CRITERIOS DE CORRECCIÓN DEL EXAMEN DE SEPTIEMBRE DE 2011 DE LENGUA CASTELLANA Y LITERATURA
Corrección del examen de lengua de PAU de sept. de 2011
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2º BACHARELATO,
PRUEBAS DE SELECTIVIDAD,
SELECTIVIDAD,
SETEMBRO 2011
martes, 5 de julio de 2011
Examen P.A.U. de junio de 2011 de LITERATURA UNIVERSAL
Examen de Selectividad de Literatura Universal, junio de 2011
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Criterios de Corrección del Examen de Selectividad de Literatura Universal, junio de 2011
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sábado, 2 de julio de 2011
VARIEDADES DE LA LENGUA: JERGAS, ARGOTS Y TECNICISMOS
VARIEDADES DE LA LENGUA:
JERGAS, ARGOTS Y TECNICISMOS
Crítica irónica a las expresiones "crípticas" no aptas para no iniciados en la materia, del programa VAYA SEMANITA, de la ETB.
- Si leemos en el apartado de ENTRANTES de la carta de un restaurante: "CALDO DE PRIMAVERA ACOMPAÑADO POR SISAS DE FANTASÍA DE PASTA"
- Si leemos en el apartado de ENTRANTES de la carta de un restaurante: "SOPA CON FIDEOS"
El uso del lenguaje casi nunca es tan neutro como se pretende.
Piensa y reflexiona mientras visionas esto:
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TELEVISIÓN,
Variedades del español
miércoles, 22 de junio de 2011
TRABAJOS DE MARÍA LEAL, DE 1º BACHILLERATO C
Quedaron en la tienda sólo Judit y Holofernes, desplomado sobre su lecho y rezumando vino (Judit 13, 2. Libro del Antiguo Testamento )... Avanzó, después, hasta la columna del lecho que estaba junto a la cabeza de Holofernes, tomó de allí su cimitarra, y acercándose al lecho, agarró la cabeza de Holofernes por los cabellos y dijo: "¡Dame fortaleza, Dios de Israel, en este momento!". Y, con todas sus fuerzas, le descargó dos golpes sobre el cuello y le cortó la cabeza (Judit 13,6-8)...y saliendo entregó la cabeza de Holofernes a su sierva (Judit 13, 9. Libro del Antiguo Testamento)
Obra de Miguel Ángel, en la Capilla Sixtina
"El libro del Antiguo Testamento de la Biblia , cuenta la historia de una hebrea, Judit, hija de Merari y viúda de Manasés, en plena guerra de Israel contra el ejército babilónico. Mujer de bellas facciones, gran educación y enorme piedad, celo religioso y pasión patriótica, Judit cometió un asesinato por amor a su pueblo, para liberarlo. Esta decide quitarse las ropas de viuda y engalanarse con sus mejores sedas y alhajas para, acompañada de su criada, descender de su ciudad amurallada. Una vez llegaron al campamento enemigo, las dos mujeres fueron detenidas por soldados asirios, pero Judit mintió y dijo que iba a engañar a su pueblo, con lo que los soldados permitieron su visita con el general Holofernes, que se enamoró de su belleza. Una vez allí, en lugar de ceder a sus reclamos galantes, lo hace beber vino hasta lograr emborracharlo. Cuando Holofernes cae dormido, Judit lo degolla, creando la confusión en el ejército de Babilonia y obteniendo de este modo la victoria para Israel."
A Judit.
JUDITH CON LA CABEZA DE HOLOFERNES, DE PAOLO VERONESSE
Cuelga sangriento de la cama al suelo
el hombro diestro del feroz tirano
que opuesto al muro de Betulia en vano
despidió contra sí rayos al cielo.
Revuelto con el ansia el rojo velo
del pabellón a la siniestra mano,
descubre el espectáculo inhumano
del tronco horrible convertido en hielo.
Vertido Baco, el fuerte arnés afea
los vasos y la mesa derribada,
duermen las guardas que tan mal emplea
del pueblo de Israel, la casta hebrea
con la cabeza resplandece armada.
Lope de Vega
¿Nos pertenecemos?
El debate sobre "el derecho a morir dignamente" sigue abierto y es un tema sobre el cual existen multitud de opiniones y razones para su defensa o su rechazo.
Para poder opinar sobre esta cuestión hay que tener bien claro el significado de la palabra eutanasia, nombre de procedencia griega formada por "eu": bueno y "tanasia": muerte, por lo tanto "buena muerte". Sin embargo, en el DRAE aparece definida como "acción u omisión que, para evitar sufrimientos a los pacientes enfermos o terminales, acelera su muerte"
Se dice que cada uno es dueño de sí mismo, por lo tanto yo me pregunto, ¿por qué no puede uno mismo decidir dejar de sufrir? Considero que es muy egoísta la opinión de algunos sectores de la sociedad, como la Iglesia, que está en total desacuerdo con la eutanasia, ya que sostiene que como Dios nos dio la vida, es pecado renunciar a ella. Pero Dios también dijo "Ama a tu prójimo" y si verdaderamente amas a tu prójimo, ¿permitirías que siguiera sufriendo a pesar de que él mismo ruegue la muerte?
En una situación de tal índole no sé qué haría yo, ni cómo me sentiría, pero si alguien a quien quiero ruega que se dé fin a su sufrimiento intentaría llevar a cabo su deseo antes de observar cómo sufre. Después de todo , en este ámbito los animales tienen más derechos que los seres humanos, ya que existe una inyección que se les aplica si están en una fase terminal o padecen un dolor irreversible.
Por otro lado, si un suicidio no puede ser condenado generalmente, lógicamente porque es imposible si el suicida consigue acabar con su vida, aunque sí lo está el suicida que falla en su intento con diferentes penas según las legislaciones de cada país. Teniendo en cuenta el primer caso, tampoco se debería considerar un delito ayudar a alguien a dejar de sufrir aunque esto conlleve su muerte, porque es bajo la propia voluntad del paciente y por lo tanto, no es un asesinato.
Con todo, considero que deberíamos respetar la gran verdad "cada ser humano es dueño de si mismo", y de este modo permitir la eutanasia sin aplicar ninguna pena de cárcel ni sanción a aquel que intervenga en esta acción en ayuda del enfermo.
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